domingo, 2 de septiembre de 2012

Capítulo 9


—Te daré mis acciones sólo cuando la amenaza de absorción haya desaparecido.
—Bien —replicó Peter, extendiendo la mano—. Trato hecho.
—Estoy dispuesta a dejar atrás nuestras diferencias para salvar la empresa —dijo ella. Entonces, con lo que pareció costarle un esfuerzo supremo, estrechó la mano de Peter.
—Me alegra escuchar eso, Lali —afirmó él, apretándole ligeramente la mano—, porque, para salvar esta empresa, vas a tener que olvidar lo que aprendiste en la universidad. Ahora —añadió, soltándole la mano—, ¿quieres darme tu abrigo?
—¿Qué quieres decir con eso de olvidarme de lo que he aprendido? —preguntó ella, quitándose el abrigo para entregárselo.
—Sabrina Velázco es sencillamente la primera de una larga lista de empresas que esperan su oportunidad de absorber Espósito S.L Enterprises —explicó él, mientras colgaba el abrigo—. El problema no es Sabrina, sino la percepción de que Espósito S.L Enterprises tiene problemas. Sólo hay una manera de librarse de todas las posibles amenazas.
—Tú dirás —dijo Lali, mientras tomaba asiento en el sofá. Peter se sentó frente a ella.
—Tenemos que convencer a Sabrina y a todos los demás de que mi trabajo está intacto. Que nuestra unión es... segura.
—¿Qué es lo que estás sugiriendo?
—Que seamos amantes —respondió él, tras un instante. Inmediatamente, vio cómo la sorpresa dejaba paso a la indignación en los ojos de Lali. —No, por supuesto, sólo estaremos fingiendo. Es el único modo. Tenemos que demostrarle a Sabrina Velázco y al resto del mundo que estamos juntos. Que mi despido se debió simplemente a una pelea de enamorados. Si los dos estamos unidos, tanto en el poder como en el dinero, todos sabrán que es mejor no intentar absorción alguna.
—Todo eso es ridículo. Estamos en el mundo de los negocios...
Peter se levantó.
—Si Sabrina cree por un momento que tú me has pedido que regrese sólo por la amenaza de absorción, va a saber que mi estancia será sólo temporal. Sabrá que, tarde o temprano, vas a volver a despedirme. El resultado final es que jamás cederá sus acciones. Se limitará a esperar y a golpear cuando llegue el momento adecuado.
—¿Esta ridiculez es lo mejor que me puedes ofrecer? No lo creo. Recuperaremos la empresa al modo tradicional. Demostrando que somos más fuertes que ella.
—Pero no es así. Durante el pasado año, el precio de las acciones ha bajado considerablemente. Los accionistas son conscientes de ello y están deseando vender las acciones mientras aún valgan algo. Tú nos has metido en este lío. Creo que le debes a todo el mundo hacer lo que sea para sacarnos de él.
—¿Qué... qué es lo que supondría este plan tuyo?
—Nos reuniremos con Sabrina y haremos todo lo posible para convencerla de que estamos enamorados... o, al menos, que tú estás enamorada de mí. Explicaremos que mi salida de la empresa se debió a tu reacción ante una pelea de enamorados, y que tú nunca harías nada que me hiciera daño a mí o a la empresa.
—No soy actriz ni una mujer histérica —dijo, cosa que Peter no dudaba. Tenía el aspecto de una gélida princesa.
—¿Cuánto tiempo te llevará redactar el contrato?
—Primero lo tendrá que aprobar el consejo.
—Eso no debería suponer ningún problema. Reúnete conmigo en el aeropuerto a las ocho de la mañana. Y lleva el contrato. Lo firmaré antes de que nos marchemos.
—Para eso quedan menos de diez horas a partir de este momento.
—Supongo que en ese caso, es mejor que te marches —replicó él, entregándole su abrigo.
—No he accedido a nada.
—Accederás. No te queda elección.
Mientras le ayudaba a ponerse el abrigo, los dedos rozaron la cremosa piel del cuello de Lali. Ella se sobresaltó, como si le hubieran quemado. Cuando entomó los ojos, Peter vio en ellos un odio profundo. Cuando Lali dio un paso adelante, él pensó que iba a abofetearlo. Al final, ella se limitó a morderse el labio inferior y a darse la vuelta con la cabeza muy alta, tan regia en la derrota como lo era en la victoria. Mientras cerraba la puerta, Peter no pudo evitar esbozar una sonrisa.
Iba a disfrutar mucho con aquel asunto.

Capítulo 8


—¿Qué elección te queda?
Su tía tenía razón. No le quedaba elección. Por mucho que odiara admitirlo, le daba la sensación de que el consejo tenía razón. Sólo había una persona que pudiera salvar a Espósito S.L Enterpnses: Peter Lanzani.
A Peter no le sorprendió que el portero le llamara para decirle que Mariana estaba esperándole en el vestíbulo. De hecho, la había estado esperando. Después de todo, forzar una reunión cara a cara sería precisamente lo que él había hecho en aquellas circunstancias. ¿Qué otra cosa se podía hacer cuando la parte contraria se niega a responder las llamadas?
La verdad del asunto es que había estado demasiado ocupado como para hablar con ella. Su teléfono no había parado de sonar en todo el día. Las acciones habían bajado significativamente, y los miembros del consejo, furiosos con Mariana, le había estado suplicando que regresara. Sin embargo, no habían sido los miembros del consejo los que le habían impedido hablar con Mariana. De hecho, él mismo había sido uno de los buitres que se estaba aprovechando del bajo valor de las acciones, aunque en ningún caso lo había hecho bajo su nombre. Al despedirlo, Mariana le había dado el poder de hacer lo que, como director gerente de Espósito S.L, le estaba legalmente prohibido: comprar acciones.
Todo formaba parte de su plan para recuperar el poder y librarse de Mariana Espósito S.L de una vez por todas. El plan era sencillo. Compraría todas las acciones que pudiera sin que Mariana lo supiera. Cuando ella se viera obligada a pedirle que regresara, Peter negociaría un acuerdo con ella para que ella le entregara el número de acciones necesario para obtener la mayoría. Cuando la tuviera, podría hacer lo que quisiera, y lo primero que haría sería despedir a Mariana.
Las puertas del ascensor se abrieron, y Mariana entró en su apartamento. Tenía que concederle mérito. A pesar del día infernal que sabía que ella habría sufrido, no había perdido la compostura. Su largo cabello rojizo estaba recogido en una cola de caballo, y llevaba un abrigo gris. Tenía la cabeza erguida, lo que le daba el aspecto de una reina que lo estuviera bendiciendo con su presencia.
—Hola —dijo él—. Qué sorpresa.
—¿De verdad? —replicó ella, mirándolo directamente a los ojos—. Yo habría dado por sentado que tú sabías que esta reunión iba a tener lugar.
Peter contuvo una sonrisa y le indicó el sofá.
—Por favor.
—¿Cuáles son tus condiciones? —le preguntó ella, sin moverse de donde estaba.
—¿Condiciones?
—No he venido a jugar, Peter. Sé que sabes lo de La OPA (Operación Pública de Adquisición de Acciones). Ayer planeaste tu propio despido simplemente para dar por finalizado tu contrato en medio del revuelo en el que se encuentra la empresa. Sabías que yo me vería obligada a contratarte de nuevo, aunque esta vez bajo tus propias condiciones.
—¿Estás dispuesta? —replicó él, sin perder el tiempo en negar las acusaciones. Sabía que, de todos modos, ella no lo creería.
Lali abrió su maletín.
—Estoy dispuesta a concederte un aumento del diez por ciento.
Le entregó el contrato, pero Peter no lo aceptó.
—No me interesa. Eso no es suficiente.
Lali tragó saliva y respiró profundamente.
—¿Qué es lo que quieres?
—Además del aumento quiero... la mitad de tus acciones.
Lali palideció inmediatamente. No era de extrañar. La petición era escandalosa.
—No —respondió.
Peter dio un paso hacia ella. Estaba tan cerca que podía oler el aroma floral de la colonia que ella llevaba
—En ese caso —dijo—, no creo que tengamos nada de lo que hablar.
Los ojos de Lali se llenaron de fuego. Inmediatamente, tensó los labios.
—Estamos hablando de la empresa de mi padre. El siempre deseó que yo estuviera al mando.
—Y tal vez lo estés. Mientras tanto, yo seré el dueño de la mitad de tus acciones. Seremos socios.
—¿Socios?
Evidentemente, ella no quería perder la esperanza de que, algún día, pudiera recuperar el control de la empresa. Sin embargo, resultaba dificil sentir pena por tanta ingenuidad. Lali debería haber sabido que no podía desafiarlo. Peter se lo había advertido, por lo que ella era la única responsable de las consecuencias.
Sin embargo, aquella conversación lo estaba incomodando. Le habría resultado más fácil que Mariana se hubiera mostrado desafiante. Se dirigió hacia el ascensor y apretó el botón.
—Puedes tomarte tu tiempo para pensar sobre mi oferta, pero no pienso cambiar mis condiciones. Si quieres salvar la empresa de tu padre, me necesitas. Los dos sabemos que soy el único capaz de conseguirlo. Si no regreso, te garantizo que, por mucho que te esfuerces, Sabrina Velázco se hará con todo. Dividirá la empresa en trozos e irá vendiendo por partes todo lo que tu padre y yo tanto nos esforzamos por construir. El año próximo, Espósito S.L Enterprises no será nada más que un recuerdo del pasado. ¿Es eso lo que tu padre habría querido? He trabajado mucho para esta empresa, Mariana. Le he dado quince años de mi vida. No quiero verla destruida. Sin embargo, la decisión es tuya —concluyó, sabiendo que a ella no le quedaba más opción que aceptar sus términos.
—Aceptaré con una condición —dijo ella, después de dudarlo durante un instante.