domingo, 2 de septiembre de 2012

Capítulo 8


—¿Qué elección te queda?
Su tía tenía razón. No le quedaba elección. Por mucho que odiara admitirlo, le daba la sensación de que el consejo tenía razón. Sólo había una persona que pudiera salvar a Espósito S.L Enterpnses: Peter Lanzani.
A Peter no le sorprendió que el portero le llamara para decirle que Mariana estaba esperándole en el vestíbulo. De hecho, la había estado esperando. Después de todo, forzar una reunión cara a cara sería precisamente lo que él había hecho en aquellas circunstancias. ¿Qué otra cosa se podía hacer cuando la parte contraria se niega a responder las llamadas?
La verdad del asunto es que había estado demasiado ocupado como para hablar con ella. Su teléfono no había parado de sonar en todo el día. Las acciones habían bajado significativamente, y los miembros del consejo, furiosos con Mariana, le había estado suplicando que regresara. Sin embargo, no habían sido los miembros del consejo los que le habían impedido hablar con Mariana. De hecho, él mismo había sido uno de los buitres que se estaba aprovechando del bajo valor de las acciones, aunque en ningún caso lo había hecho bajo su nombre. Al despedirlo, Mariana le había dado el poder de hacer lo que, como director gerente de Espósito S.L, le estaba legalmente prohibido: comprar acciones.
Todo formaba parte de su plan para recuperar el poder y librarse de Mariana Espósito S.L de una vez por todas. El plan era sencillo. Compraría todas las acciones que pudiera sin que Mariana lo supiera. Cuando ella se viera obligada a pedirle que regresara, Peter negociaría un acuerdo con ella para que ella le entregara el número de acciones necesario para obtener la mayoría. Cuando la tuviera, podría hacer lo que quisiera, y lo primero que haría sería despedir a Mariana.
Las puertas del ascensor se abrieron, y Mariana entró en su apartamento. Tenía que concederle mérito. A pesar del día infernal que sabía que ella habría sufrido, no había perdido la compostura. Su largo cabello rojizo estaba recogido en una cola de caballo, y llevaba un abrigo gris. Tenía la cabeza erguida, lo que le daba el aspecto de una reina que lo estuviera bendiciendo con su presencia.
—Hola —dijo él—. Qué sorpresa.
—¿De verdad? —replicó ella, mirándolo directamente a los ojos—. Yo habría dado por sentado que tú sabías que esta reunión iba a tener lugar.
Peter contuvo una sonrisa y le indicó el sofá.
—Por favor.
—¿Cuáles son tus condiciones? —le preguntó ella, sin moverse de donde estaba.
—¿Condiciones?
—No he venido a jugar, Peter. Sé que sabes lo de La OPA (Operación Pública de Adquisición de Acciones). Ayer planeaste tu propio despido simplemente para dar por finalizado tu contrato en medio del revuelo en el que se encuentra la empresa. Sabías que yo me vería obligada a contratarte de nuevo, aunque esta vez bajo tus propias condiciones.
—¿Estás dispuesta? —replicó él, sin perder el tiempo en negar las acusaciones. Sabía que, de todos modos, ella no lo creería.
Lali abrió su maletín.
—Estoy dispuesta a concederte un aumento del diez por ciento.
Le entregó el contrato, pero Peter no lo aceptó.
—No me interesa. Eso no es suficiente.
Lali tragó saliva y respiró profundamente.
—¿Qué es lo que quieres?
—Además del aumento quiero... la mitad de tus acciones.
Lali palideció inmediatamente. No era de extrañar. La petición era escandalosa.
—No —respondió.
Peter dio un paso hacia ella. Estaba tan cerca que podía oler el aroma floral de la colonia que ella llevaba
—En ese caso —dijo—, no creo que tengamos nada de lo que hablar.
Los ojos de Lali se llenaron de fuego. Inmediatamente, tensó los labios.
—Estamos hablando de la empresa de mi padre. El siempre deseó que yo estuviera al mando.
—Y tal vez lo estés. Mientras tanto, yo seré el dueño de la mitad de tus acciones. Seremos socios.
—¿Socios?
Evidentemente, ella no quería perder la esperanza de que, algún día, pudiera recuperar el control de la empresa. Sin embargo, resultaba dificil sentir pena por tanta ingenuidad. Lali debería haber sabido que no podía desafiarlo. Peter se lo había advertido, por lo que ella era la única responsable de las consecuencias.
Sin embargo, aquella conversación lo estaba incomodando. Le habría resultado más fácil que Mariana se hubiera mostrado desafiante. Se dirigió hacia el ascensor y apretó el botón.
—Puedes tomarte tu tiempo para pensar sobre mi oferta, pero no pienso cambiar mis condiciones. Si quieres salvar la empresa de tu padre, me necesitas. Los dos sabemos que soy el único capaz de conseguirlo. Si no regreso, te garantizo que, por mucho que te esfuerces, Sabrina Velázco se hará con todo. Dividirá la empresa en trozos e irá vendiendo por partes todo lo que tu padre y yo tanto nos esforzamos por construir. El año próximo, Espósito S.L Enterprises no será nada más que un recuerdo del pasado. ¿Es eso lo que tu padre habría querido? He trabajado mucho para esta empresa, Mariana. Le he dado quince años de mi vida. No quiero verla destruida. Sin embargo, la decisión es tuya —concluyó, sabiendo que a ella no le quedaba más opción que aceptar sus términos.
—Aceptaré con una condición —dijo ella, después de dudarlo durante un instante.

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