martes, 28 de agosto de 2012

Capítulo 2


—No quiero hacerte daño, Mariana —dijo, refiriéndose a ella por su nombre de pila, que casi nunca utilizaba.
— ¿Hacerme daño? —replicó Lali. Había sido ella la que acababa de despedirlo.
—Te garantizo que si sigues adelante con esto, lo lamentarás —le espetó, al tiempo que se daba la vuelta para mirarla.
—No lo creo —repuso ella. ¿Quién se creía que era? Se puso de pie y se estiró la chaqueta—. Debido al gran trabajo que has realizado y a la contribución que has hecho a esta empresa, te permitiré marcharte con una dignidad que jamás tuviste con mi padre. Tienes todo el día de mañana para vaciar tu despacho.
—Así que ésta es tu venganza, ¿verdad? Deberías saber que yo no tuve nada que ver con el modo en el que tu padre fue despedido.
—Tal vez tú no fuiste el que apretó el gatillo, pero sí el que cargó el arma.
Bravo. Había trabajado mucho en aquella frase, a pesar de que jamás había creído que llegara a pronunciarla. Realizó una breve y firme inclinación de cabeza.
—Adiós, Peter.
Sintió que los ojos de Lanzani no la abandonaban mientras salía del despacho. Cerró la puerta y, con un suspiro de alivio, se apoyó contra la puerta del despacho de Peter. Lo había conseguido. Había despedido a Peter Lanzani y había sobrevivido. Había esperado un largo y sangriento enfrentamiento, pero, en un instante, todo había terminado. Todos sus años de estudio y trabajo le habían dado su recompensa. Peter Lanzani ya no volvería a ser parte de su vida ni de la empresa de su padre.
La secretaria de Peter salió del ascensor y sonrió a Lali. Bea llevaba años trabajando en Espósito y había sido la secretaria de Peter desde la llegada de éste a la empresa.
—Hola, Lali —dijo alegremente.
Lali sintió el aguijonazo de la culpabilidad. Al contrario que su jefe, Bea era buena y amable. Por alguna razón que Lali no era capaz de entender, Bea sentía devoción por su jefe. Lali sabía que Bea se disgustaría mucho cuando se enterara de la noticia.
— ¿Qué estás haciendo aquí tan tarde? —le preguntó Lali.
—Peter quería unos datos tan pronto como fuera posible —respondió Bea, haciendo un gesto de desaprobación con los ojos—. Algunas personas no tienen respeto por las navidades. Sólo he hecho la mitad de mis compras. ¿Has empezado ya tú?
Lali había terminado porque sólo tenía una persona en su lista: Gimena. Con casi ochenta años, Gimena era su tía abuela, el único pariente que le quedaba con vida y su mejor amiga. Lali siempre se había sentido muy unida a ella, sentimiento que se había acrecentado aún más a la muerte de su padre. Gimena se había quedado con su custodia, por lo que Lali se había mudado al pequeño apartamento de la mujer. Años más tarde, Lali le había pagado el favor llevándosela a su apartamento de Buenos Aires para poder cuidar de ella. Aunque su tía gozaba de buena salud y habría podido vivir sola en su apartamento, le gustaba estar con Lali, y ésta también lo prefería. Después de años de vivir sola, resultaba agradable contar con un poco de compañía.
—Yo ya he terminado con mis compras —dijo.
— ¡Qué suerte! ¿Cómo tienes tiempo? Estás aquí todo el día.
—Por Internet.
—Ah. A mí me gusta hacer las compras a la manera tradicional. Me encanta ir de tiendas en Navidad. Hay una gran emoción en el ambiente, ¿no te parece?
—Sí —contestó Lali, dándose cuenta de que aún seguía apoyada contra la puerta del despacho de Peter, como si estuviera bloqueándole el paso a Bea. Se apartó y tomó la mano de la secretaria—. Sólo quiero que sepas que, a pesar de lo ocurrido con Peter, tú no tienes nada de lo que preocuparte.
Entonces, tras dejar a una Bea completamente confundida, se dirigió rápidamente al ascensor. Se metió dentro justo cuando Bea entraba en el despacho de su jefe. Mientras las puertas del ascensor se cerraban, Lali vio a Peter durante un instante. La estaba mirando directamente a ella. Sin embargo, no lo hacía como un hombre que acabara de perder su trabajo. Su mirada era de pena. De lamento.
¿Por qué se sentía apenado por ella?

sábado, 25 de agosto de 2012

Capítulo 1


Era casi medianoche. Faltaban dos semanas para Navidad y, por primera vez en meses, estaban solos. Como si estuviera anticipando lo que estaba a punto de ocurrir, Peter sonrió, desafiándola en silencio. Alto y de una ruda belleza, con espeso cabello negro y penetrantes ojos verdes, Peter Lanzani era la clase de hombre que estaba acostumbrado a conseguir lo que deseaba. Como un pirata moderno, recorría el mundo adueñándose de hoteles ruinosos, diamantes en bruto, y convirtiéndolos en lujosos complejos hoteleros.
Había llegado el momento, Lali respiró profundamente para armarse de valor. Estaba decidida a pronunciar las tres palabras que llevaba años queriendo decir. Estaba tan cerca, que podía oler el carísimo aftershave que él utilizaba y el frescor a menta de su aliento.
—Estás despedido, Peter.
Los músculos de la mandíbula de Peter se tensaron, y los ojos se le oscurecieron cuando comprendió el impacto de aquellas palabras.
—No voy a permitir que me arrebates esta empresa —le dijo.
Una cierta aprensión recorrió a Lali de la cabeza a los pies. Después de todo, aquél era el hombre que había orquestado un motín en la empresa, llegando incluso a traicionar a su propio mentor. Desde entonces, el dominante estilo de dirección de Peter había convertido Espósito Enterprises en una empresa puntera, reportándole a su indómito líder fama y admiración. Lali no pudo evitar preguntarse qué sería capaz de hacerle a ella.
Sin embargo, si pensaba que una amenaza le iba a ayudar a conservar su trabajo, estaba muy equivocado. Lali le había prometido a su padre en el lecho de muerte que se vengaría del hombre que le había arrebatado su empresa. Que un día, ella conseguiría despedir a Peter Lanzani.
Desde que ella regresó al negocio hacía seis meses, la actitud de Peter la había empecinado más en su decisión. El había hecho lo imposible por ponerle las cosas difíciles, tratándola más como una irritante colegiala que como una dotada mujer de negocios. Se enfrentaba a ella en todos y cada uno de los aspectos de la agenda de Lali, desde el color del nuevo logotipo al rumbo que debía tomar la empresa. Era como si siguiera considerándola la misma chica que se había enamorado tan perdidamente de él, cuando sólo una mirada de Lanzani le ponía alas en el corazón. Debería haberse dado cuenta de que había perdido el poder sobre Lali hacía mucho tiempo.
—No puedes hacer nada —replicó Lali—. Yo soy la presidenta del consejo.
—Una situación que tiene que ver más con el número de acciones que con la pericia empresarial.
—Mi padre siempre deseó que yo tomara las riendas de esta empresa. Llevo mucho tiempo trabajando muy duro para llegar a este momento, Peter. Tengo la mayoría de las acciones y estoy preparada.
—Tal vez tu padre fundara esta empresa, pero he sido yo el que la ha convertido en lo que es. Esta empresa me necesita.
—No. Esta empresa no te necesita. Ni yo tampoco.
— ¿Y el consejo está de acuerdo? —preguntó él, cruzándose de hombros.
En realidad, a Lali le había costado mucho conseguir la aprobación del consejo para despedir a Peter. Al final, no les había quedado más remedio que estar de acuerdo con ella. Después de todo, tal y como Peter acababa de decir ella era la dueña de dos tercios de las acciones.
—Sí —respondió.
El reflejo de la ira en los ojos de Peter resultó inconfundible. Se levantó y le dio la espalda para dirigirse a la ventana. Desde el último piso de uno de los rascacielos de Buenos Aires, podía contemplar la ciudad, iluminada para las inminentes fiestas navideñas, a vista de pájaro.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Dulce Venganza


Lali Espósito S.L llevaba años planeando su venganza y ahora por fin se encontraba cara a cara con el hombre que le había arrebatado el legado de su padre. Peter Lanzani era un hombre poderoso… y peligrosamente guapo, pero Lali debía cumplir la promesa que le había hecho a su padre en el lecho de muerte. Una tonta atracción no iba a impedirle que destruyera a Peter.
Una OPA (Operación Pública de Adquisición de Acciones) amenazaba a la empresa de Lali, por lo que Peter decidió ofrecerle un trato. Él salvaría su empresa… si ocultaban su relación profesional tras una fachada romántica. Pero Peter tenía un motivo oculto que era el deseo de comprar tantas acciones como le fuera posible. Sabía que Lali nunca estaría a su altura en la sala de reuniones, pero… ¿y en el dormitorio?