—Tanto
los vikingos como los druidas creían que el muérdago tenía poderes especiales.
Que era capaz de realizar milagros.
—Has
estado hablando otra vez con el señor Ruíz, ¿verdad? —dijo Lali. El señor Ruíz
era el dueño de la tienda donde solían hacer la mayoría de sus compras. Era
historiador aficionado, y cada vez que la tía de Lali iba de compras allí,
regresaba con una historia—. Efectivamente, sería un milagro si yo tuviera
alguien a quien besar estas navidades.
—Haz
un deseo, y veamos si se hace realidad.
Lali
se echó a reír por primera vez en aquel día.
—Deseo
tener mi propia empresa, una empresa de éxito con empleados que sientan
simpatía por mí.
—Ahora
me toca a mí —dijo su tía. Tomó el muérdago entre las manos y cerró los ojos.
Tras unos segundos, los volvió a abrir.
—Ya
está.
—¿No
me vas a decir lo que has deseado? —preguntó Lali.
—No.
Ahora, ayúdame a decidir dónde vamos a colocarlo.
—¿Qué
te parece en el armario?
—Vaya,
qué optimismo por tu padre...
Lali
sonrió. Le encantaba el entusiasmo de su tía. Normalmente, a la joven le
encantaban las navidades, pero las de aquel año estaban resultando ser bastante
difíciles. El estrés del trabajo estaba empezando a afectarla.
—¿Qué
más hay en esa caja? —preguntó Lali, mientras trataba de leer las pequeñas
letras que había escritas en un lado. Se acercó un poco más y por fin pudo
leerlas: «Adornos de Navidad». De repente recordó que había prometido comprar un
árbol de camino a casa—. Vaya, acabo de acordarme que íbamos a poner el árbol
juntas esta noche...
—Ya
lo haremos en otro momento.
—Lo
siento, tía. Me siento fatal. Sé las ganas que tenías de poner el árbol...
—¡Por
favor! Me importa un comino lo del árbol. Lo único que me importa eres tú. Me
preocupas mucho, Lali. Eres joven y hermosa. No hay razón alguna para que no
tengas a nadie a quien besar bajo el muérdago.
—Tal
vez las próximas navidades...
No
quería desilusionar a su tía, pero sabía que las posibilidades que tenía de
tener novio en las navidades del año siguiente eran las mismas que las de
tenerlas en las navidades que se acercaban: nulas. Por mucho que pudiera
apetecerle tener a alguien especial, no parecía tener muchas posibilidades de
ello. ¿Cómo podía tener una relación con alguien cuando, habitualmente,
trabajaba trece horas al día durante seis o siete días a la semana?
—Me
temo que estas navidades no —susurró. Entonces, con gesto distraído, tomó el
muérdago y pensó una vez más en la situación de su empresa—. Estas navidades
tendré suerte si puedo conservar Espósito S.L Enterprises.
—En
ese caso —suspiró su tía—, ve a hacer lo que tengas que hacer. Enfréntate a ese
Peter Lanzani en persona.
—¿Me
estás diciendo que vaya a su apartamento?
No
le agradaba la idea de ir a verlo a un sitio tan personal. Había estado en su
casa una vez, hacía diez años, cuando su padre la envió para entregarle algunos
archivos. Recordaba lo nerviosa que se había sentido, el modo en el que le
latía el corazón cuando Peter abrió la puerta. El acababa de regresar de un
viaje y tenía la camisa casi desabrochada. La barba de un día le añadía un
peligroso encanto.
Aunque
Peter era once años mayor que ella, Lali había fantaseado sobre el hecho de que
Peter la invitara a pasar.
—Sé
que eres joven —le decía en su imaginación—, pero estoy dispuesto a esperar.
Entonces,
la tomaba entre sus brazos y la besaba de un modo que ella jamás habría podido
olvidar.
Esto
ocurría en el reino de la imaginación de una niña de dieciséis años. En la
realidad, Peter casi no la había mirado. Se había limitado a tomar los
archivos.
Mientras
los examinaba, Lali escuchó la risa de una mujer. Al mirar hacia el interior
del apartamento, vio que había una mujer en el sofá, ataviada con una larga
bata de seda y con el cabello revuelto. Peter la obligó a dejar de mirarla
cuando le firmó los papeles y se los entregó. Lali se marchó sintiendo envidia
de aquella mujer. Le parecía que era la más afortunada del mundo.
—No
sé si puedo presentarme allí de improviso...