martes, 28 de agosto de 2012

Capítulo 3


—Qué raro —comentó Bea, mientras entraba en el despacho—. Me pregunto lo que ha querido decir con eso.
Peter miró el montón de documentos que su secretaria llevaba en la mano.
— ¿Son ésos los datos que te he pedido?
La secretaria asintió y le entregó los papeles.
—Ella me ha dicho que no tengo que preocuparme a pesar de lo que te ha ocurrido. ¿Sabes a qué se refiere?
—Me acaba de despedir —respondió Peter, hojeando los documentos como si no hubiera ocurrido nada.
— ¿Cómo? —preguntó Bea, muy sorprendida—. Eso es imposible.
—Mariana ha decidido que está lista para hacerse cargo de Espósito S.L Enterprises.
—Eso es ridículo. Es demasiado joven.
—Tiene la misma edad que su padre cuando fundó esta empresa.
—Pero si la empresa eres tú. Si no fuera por ti, las acciones no valdrían nada.
—Creo que ella no se da cuenta de eso. Siente que esta empresa es suya por derecho. Era la empresa de su padre y, por lo tanto, le pertenece.
Bea se sentó, completamente atónita. Peter aprovechó el silencio para hojear rápidamente los documentos. Era un listado de todas las empresas que habían adquirido acciones de Espósito S.L Enterprises a lo largo de las dos últimas semanas. La mala gestión de Mariana había debilitado a la empresa y, por lo tanto, el valor de las acciones. Todo esto se unía a los rumores de las tensiones existentes entre Peter y la presidenta de Espósito S.L Enterprises. Los expertos del mundo empresarial sabían que la marcha de Peter convertiría a la empresa en un objetivo prioritario para una absorción y, por los datos que tenía ante él, ya había varios buitres ambiciosos engullendo ávidamente acciones.
Al repasar las empresas, le llamaron la atención los nombres de algunas de ellas. Todas eran empresas propiedad de una mujer con la que Peter había salido en una ocasión; Sabrina Velazco. Sabrina era dueña de varias empresas, todas las cuales tenían nombres diferentes. Sólo podía haber una razón para que estuviera comprando tantas acciones bajo nombres diferentes; no quería que nadie supiera lo que estaba tramando. Por lo que se podía deducir de aquellos datos, Sabrina estaba preparando una OPA (Operación Pública de Adquisición de Acciones) sobre Espósito S.L Enterprises.
No le cabía la menor duda de que Mariana había examinado aquellos mismos datos, buscando exactamente lo mismo que él. Sin embargo, no creía que ella se hubiera dado cuenta aún de lo que estaba ocurriendo.
— ¿Voy a ser yo la siguiente? —preguntó Bea, muy angustiada.
—Creía que te acababa de decir que no te preocuparas —replicó Peter.
— ¿Que no me preocupe? Tengo dos hijos en la universidad. Llevo más de treinta años trabajando aquí. Ni siquiera me imagino encontrando otro trabajo. Faltan dos semanas para la Navidad, y ella se pone a despedir a la gente. Eso no está bien. Vas a plantarle cara en esto, ¿verdad, Peter?
—Mariana Espósito no va a despedir a nadie más. Créeme si te digo que le ha costado mucho despedirme a mí.
Peter era un experto en leer los pensamientos de sus oponentes. Había notado la duda que había en la voz de Lali y había visto la ansiedad que se reflejaba en sus ojos. Al menos, tenía el suficiente sentido común como para tener miedo.
—Peter, ¿qué vas a hacer?
—Nada —replicó él tranquilamente—. Si la señorita Espósito quiere esta empresa, que se la quede.
—Creía que me habías dicho que no tenía nada de lo que preocuparme. Todos sabemos lo que va a ocurrir si ella se queda al mando. Las acciones no han dejado de caer en picado desde que ella es la presidenta de la compañía.
—Supongo que cree que todo volverá a su cauce cuando haya podido demostrar su valía.
—Para cuando se dé cuenta de lo que está haciendo, ya no quedará empresa. Pensar que la conozco desde que era una niña... Recuerdo que venía con su padre. El estaba muy orgulloso de ella. Lali era una magnífica jugadora de tenis, ¿te acuerdas?
—No.
—Ganó bastantes competiciones. Algunos de los partidos en los que jugó fueron retransmitidos por televisión. Todos creíamos que se iba a hacer profesional. Era una niña muy agradable, siempre muy educada y cortés. Tú le gustabas tanto por aquel entonces... No hacía más que merodear por la puerta de tu despacho. Seguro que te acuerdas de eso, ¿verdad?
—Creo que te equivocas, Bea.

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