—Qué
raro —comentó Bea, mientras entraba en el despacho—. Me pregunto lo que ha
querido decir con eso.
Peter
miró el montón de documentos que su secretaria llevaba en la mano.
—
¿Son ésos los datos que te he pedido?
La
secretaria asintió y le entregó los papeles.
—Ella
me ha dicho que no tengo que preocuparme a pesar de lo que te ha ocurrido.
¿Sabes a qué se refiere?
—Me
acaba de despedir —respondió Peter, hojeando los documentos como si no hubiera
ocurrido nada.
—
¿Cómo? —preguntó Bea, muy sorprendida—. Eso es imposible.
—Mariana
ha decidido que está lista para hacerse cargo de Espósito S.L Enterprises.
—Eso
es ridículo. Es demasiado joven.
—Tiene
la misma edad que su padre cuando fundó esta empresa.
—Pero
si la empresa eres tú. Si no fuera por ti, las acciones no valdrían nada.
—Creo
que ella no se da cuenta de eso. Siente que esta empresa es suya por derecho.
Era la empresa de su padre y, por lo tanto, le pertenece.
Bea
se sentó, completamente atónita. Peter aprovechó el silencio para hojear
rápidamente los documentos. Era un listado de todas las empresas que habían
adquirido acciones de Espósito S.L Enterprises a lo largo de las dos últimas
semanas. La mala gestión de Mariana había debilitado a la empresa y, por lo
tanto, el valor de las acciones. Todo esto se unía a los rumores de las
tensiones existentes entre Peter y la presidenta de Espósito S.L Enterprises.
Los expertos del mundo empresarial sabían que la marcha de Peter convertiría a
la empresa en un objetivo prioritario para una absorción y, por los datos que
tenía ante él, ya había varios buitres ambiciosos engullendo ávidamente
acciones.
Al
repasar las empresas, le llamaron la atención los nombres de algunas de ellas.
Todas eran empresas propiedad de una mujer con la que Peter había salido en una
ocasión; Sabrina Velazco. Sabrina era dueña de varias empresas, todas las
cuales tenían nombres diferentes. Sólo podía haber una razón para que estuviera
comprando tantas acciones bajo nombres diferentes; no quería que nadie supiera
lo que estaba tramando. Por lo que se podía deducir de aquellos datos, Sabrina
estaba preparando una OPA (Operación Pública de Adquisición de
Acciones) sobre Espósito S.L Enterprises.
No
le cabía la menor duda de que Mariana había examinado aquellos mismos datos,
buscando exactamente lo mismo que él. Sin embargo, no creía que ella se hubiera
dado cuenta aún de lo que estaba ocurriendo.
—
¿Voy a ser yo la siguiente? —preguntó Bea, muy angustiada.
—Creía
que te acababa de decir que no te preocuparas —replicó Peter.
—
¿Que no me preocupe? Tengo dos hijos en la universidad. Llevo más de treinta
años trabajando aquí. Ni siquiera me imagino encontrando otro trabajo. Faltan
dos semanas para la Navidad ,
y ella se pone a despedir a la gente. Eso no está bien. Vas a plantarle cara en
esto, ¿verdad, Peter?
—Mariana
Espósito no va a despedir a nadie más. Créeme si te digo que le ha costado
mucho despedirme a mí.
Peter
era un experto en leer los pensamientos de sus oponentes. Había notado la duda
que había en la voz de Lali y había visto la ansiedad que se reflejaba en sus
ojos. Al menos, tenía el suficiente sentido común como para tener miedo.
—Peter,
¿qué vas a hacer?
—Nada
—replicó él tranquilamente—. Si la señorita Espósito quiere esta empresa, que
se la quede.
—Creía
que me habías dicho que no tenía nada de lo que preocuparme. Todos sabemos lo
que va a ocurrir si ella se queda al mando. Las acciones no han dejado de caer
en picado desde que ella es la presidenta de la compañía.
—Supongo
que cree que todo volverá a su cauce cuando haya podido demostrar su valía.
—Para
cuando se dé cuenta de lo que está haciendo, ya no quedará empresa. Pensar que
la conozco desde que era una niña... Recuerdo que venía con su padre. El estaba
muy orgulloso de ella. Lali era una magnífica jugadora de tenis, ¿te acuerdas?
—No.
—Ganó
bastantes competiciones. Algunos de los partidos en los que jugó fueron
retransmitidos por televisión. Todos creíamos que se iba a hacer profesional.
Era una niña muy agradable, siempre muy educada y cortés. Tú le gustabas tanto
por aquel entonces... No hacía más que merodear por la puerta de tu despacho.
Seguro que te acuerdas de eso, ¿verdad?
—Creo
que te equivocas, Bea.
Bea es la conciencia d los dos.
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