Los
recuerdos que tenía de la hija de Homero Espósito cuando era sólo una niña
resultaban algo vagos. La mujer en la que se había convertido era muy hermosa,
con cabello oscuro largo y ondulado y unos brillantes ojos negros. Recordaba
perfectamente el momento en el que volvió a verla después de tantos años. No
sabía quién era, no pudo evitar sentir una inmediata atracción. Ella iba
vestida con un conservador traje de color verde que le sentaba como un guante.
La atracción se había evaporado cuando descubrió que aquella hermosa mujer no
era otra que Mariana Espósito. Aunque no fuera la mujer más insufrible que
hubiera conocido en toda su vida, jamás empezaría una relación con ella. No
tenía intención alguna de tener una aventura con la accionista mayoritaria.
—
¿Quién se iba a imaginar que volvería para destruirnos a todos? —comentó Bea,
sacudiendo la cabeza.
—No
nos dejemos llevar. La lucha no ha terminado. De hecho, está empezando —dijo Peter
con una sonrisa—. Ahora, ve a por tu maletín. Vamos a trasladar el centro de
operaciones a mi apartamento durante un tiempo.
Cuando
Bea se marchó, Peter empezó a recoger carpetas. Llevaba esperando aquel momento
desde hacía bastante. Aunque había esperado que Mariana, por su bien, cambiara
de opinión, no le sorprendía lo que acababa de ocurrir. Desde el primer día,
ella había dejado muy claro que regresaba en busca de venganza. En aquella
ocasión, Peter le había prestado poca atención. Sabía que Lali tenía intención
de tratar de alcanzar el consejo de dirección, pero jamás pensó que sus
miembros la votarían a ella y mucho menos que le entregarían la presidencia en
bandeja de plata.
Después
de todo, ¿cuáles eran sus méritos? Un título y un par de años de experiencia en
una empresa rival. Sin embargo, a los miembros del consejo les había
enternecido su causa. Mariana quería dirigir la empresa que sus difuntos padres
habían fundado.
Desgraciadamente,
todo el mundo pasaba por alto que hacía mucho tiempo que la empresa no le
pertenecía a Homero Espósito. La sangre y el sudor de Peter la habían
convertido en lo que era. Cuando empezó a trabajar por primera vez en Espósito
S.L, ésta era una pequeña empresa que necesitaba un cambio. La mujer que amaba
y con la que había pensado casarse acababa de morir, y Espósito S.L Enterprises
le ofrecía la posibilidad de viajar por todo el mundo. Durante los primeros
meses, se había limitado a trabajar como un autómata para escapar de su dolor.
Cada vez que regresaba a Buenos Aires, se moría de ganas por volverse a
marchar. Trabajaba veinticuatro horas al día. Un mes estaba en América del
Norte, y al otro, en Asia.
Sin
embargo, aquella paz recién encontrada le duró muy poco. Homero Espósito pronto
hizo que la empresa cotizara en bolsa, y el nuevo consejo empezó a tener serias
dudas de que no pudiera llevarla al siguiente nivel. Cuando se dirigieron a Peter
para plantearle que se hiciera cargo, él mostró sus dudas. Sabía lo mucho que
aquella empresa significaba para su jefe, pero, tal y como los miembros del
consejo le recordaron, ellos ya habían tomado su decisión. Homero Espósito
estaba fuera. Peter asumió la presidencia y todos los problemas que vinieron a
continuación. Pagó un precio muy alto al tener que dedicar el cien por cien de
su tiempo y sus energías en conseguir que la empresa fuera un éxito.
No
le había importado. Desde Daniela, no había conocido a nadie que le hiciera
desear cancelar una reunión en Singapur o la inauguración de un hotel en Río.
Su familia se había acostumbrado a su ausencia. Sin embargo, si Mariana se
salía con la suya, todo aquello cambiaría muy pronto.
A
pesar de todo, no sentía enojo, sino pena. No le quedaba más remedio que
enseñarle una lección que ella jamás había aprendido en la universidad.
Iba
a destruirla al estilo de Peter Lanzani.
Se revierten los `papeles.
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