domingo, 2 de septiembre de 2012

Capítulo 9


—Te daré mis acciones sólo cuando la amenaza de absorción haya desaparecido.
—Bien —replicó Peter, extendiendo la mano—. Trato hecho.
—Estoy dispuesta a dejar atrás nuestras diferencias para salvar la empresa —dijo ella. Entonces, con lo que pareció costarle un esfuerzo supremo, estrechó la mano de Peter.
—Me alegra escuchar eso, Lali —afirmó él, apretándole ligeramente la mano—, porque, para salvar esta empresa, vas a tener que olvidar lo que aprendiste en la universidad. Ahora —añadió, soltándole la mano—, ¿quieres darme tu abrigo?
—¿Qué quieres decir con eso de olvidarme de lo que he aprendido? —preguntó ella, quitándose el abrigo para entregárselo.
—Sabrina Velázco es sencillamente la primera de una larga lista de empresas que esperan su oportunidad de absorber Espósito S.L Enterprises —explicó él, mientras colgaba el abrigo—. El problema no es Sabrina, sino la percepción de que Espósito S.L Enterprises tiene problemas. Sólo hay una manera de librarse de todas las posibles amenazas.
—Tú dirás —dijo Lali, mientras tomaba asiento en el sofá. Peter se sentó frente a ella.
—Tenemos que convencer a Sabrina y a todos los demás de que mi trabajo está intacto. Que nuestra unión es... segura.
—¿Qué es lo que estás sugiriendo?
—Que seamos amantes —respondió él, tras un instante. Inmediatamente, vio cómo la sorpresa dejaba paso a la indignación en los ojos de Lali. —No, por supuesto, sólo estaremos fingiendo. Es el único modo. Tenemos que demostrarle a Sabrina Velázco y al resto del mundo que estamos juntos. Que mi despido se debió simplemente a una pelea de enamorados. Si los dos estamos unidos, tanto en el poder como en el dinero, todos sabrán que es mejor no intentar absorción alguna.
—Todo eso es ridículo. Estamos en el mundo de los negocios...
Peter se levantó.
—Si Sabrina cree por un momento que tú me has pedido que regrese sólo por la amenaza de absorción, va a saber que mi estancia será sólo temporal. Sabrá que, tarde o temprano, vas a volver a despedirme. El resultado final es que jamás cederá sus acciones. Se limitará a esperar y a golpear cuando llegue el momento adecuado.
—¿Esta ridiculez es lo mejor que me puedes ofrecer? No lo creo. Recuperaremos la empresa al modo tradicional. Demostrando que somos más fuertes que ella.
—Pero no es así. Durante el pasado año, el precio de las acciones ha bajado considerablemente. Los accionistas son conscientes de ello y están deseando vender las acciones mientras aún valgan algo. Tú nos has metido en este lío. Creo que le debes a todo el mundo hacer lo que sea para sacarnos de él.
—¿Qué... qué es lo que supondría este plan tuyo?
—Nos reuniremos con Sabrina y haremos todo lo posible para convencerla de que estamos enamorados... o, al menos, que tú estás enamorada de mí. Explicaremos que mi salida de la empresa se debió a tu reacción ante una pelea de enamorados, y que tú nunca harías nada que me hiciera daño a mí o a la empresa.
—No soy actriz ni una mujer histérica —dijo, cosa que Peter no dudaba. Tenía el aspecto de una gélida princesa.
—¿Cuánto tiempo te llevará redactar el contrato?
—Primero lo tendrá que aprobar el consejo.
—Eso no debería suponer ningún problema. Reúnete conmigo en el aeropuerto a las ocho de la mañana. Y lleva el contrato. Lo firmaré antes de que nos marchemos.
—Para eso quedan menos de diez horas a partir de este momento.
—Supongo que en ese caso, es mejor que te marches —replicó él, entregándole su abrigo.
—No he accedido a nada.
—Accederás. No te queda elección.
Mientras le ayudaba a ponerse el abrigo, los dedos rozaron la cremosa piel del cuello de Lali. Ella se sobresaltó, como si le hubieran quemado. Cuando entomó los ojos, Peter vio en ellos un odio profundo. Cuando Lali dio un paso adelante, él pensó que iba a abofetearlo. Al final, ella se limitó a morderse el labio inferior y a darse la vuelta con la cabeza muy alta, tan regia en la derrota como lo era en la victoria. Mientras cerraba la puerta, Peter no pudo evitar esbozar una sonrisa.
Iba a disfrutar mucho con aquel asunto.

Capítulo 8


—¿Qué elección te queda?
Su tía tenía razón. No le quedaba elección. Por mucho que odiara admitirlo, le daba la sensación de que el consejo tenía razón. Sólo había una persona que pudiera salvar a Espósito S.L Enterpnses: Peter Lanzani.
A Peter no le sorprendió que el portero le llamara para decirle que Mariana estaba esperándole en el vestíbulo. De hecho, la había estado esperando. Después de todo, forzar una reunión cara a cara sería precisamente lo que él había hecho en aquellas circunstancias. ¿Qué otra cosa se podía hacer cuando la parte contraria se niega a responder las llamadas?
La verdad del asunto es que había estado demasiado ocupado como para hablar con ella. Su teléfono no había parado de sonar en todo el día. Las acciones habían bajado significativamente, y los miembros del consejo, furiosos con Mariana, le había estado suplicando que regresara. Sin embargo, no habían sido los miembros del consejo los que le habían impedido hablar con Mariana. De hecho, él mismo había sido uno de los buitres que se estaba aprovechando del bajo valor de las acciones, aunque en ningún caso lo había hecho bajo su nombre. Al despedirlo, Mariana le había dado el poder de hacer lo que, como director gerente de Espósito S.L, le estaba legalmente prohibido: comprar acciones.
Todo formaba parte de su plan para recuperar el poder y librarse de Mariana Espósito S.L de una vez por todas. El plan era sencillo. Compraría todas las acciones que pudiera sin que Mariana lo supiera. Cuando ella se viera obligada a pedirle que regresara, Peter negociaría un acuerdo con ella para que ella le entregara el número de acciones necesario para obtener la mayoría. Cuando la tuviera, podría hacer lo que quisiera, y lo primero que haría sería despedir a Mariana.
Las puertas del ascensor se abrieron, y Mariana entró en su apartamento. Tenía que concederle mérito. A pesar del día infernal que sabía que ella habría sufrido, no había perdido la compostura. Su largo cabello rojizo estaba recogido en una cola de caballo, y llevaba un abrigo gris. Tenía la cabeza erguida, lo que le daba el aspecto de una reina que lo estuviera bendiciendo con su presencia.
—Hola —dijo él—. Qué sorpresa.
—¿De verdad? —replicó ella, mirándolo directamente a los ojos—. Yo habría dado por sentado que tú sabías que esta reunión iba a tener lugar.
Peter contuvo una sonrisa y le indicó el sofá.
—Por favor.
—¿Cuáles son tus condiciones? —le preguntó ella, sin moverse de donde estaba.
—¿Condiciones?
—No he venido a jugar, Peter. Sé que sabes lo de La OPA (Operación Pública de Adquisición de Acciones). Ayer planeaste tu propio despido simplemente para dar por finalizado tu contrato en medio del revuelo en el que se encuentra la empresa. Sabías que yo me vería obligada a contratarte de nuevo, aunque esta vez bajo tus propias condiciones.
—¿Estás dispuesta? —replicó él, sin perder el tiempo en negar las acusaciones. Sabía que, de todos modos, ella no lo creería.
Lali abrió su maletín.
—Estoy dispuesta a concederte un aumento del diez por ciento.
Le entregó el contrato, pero Peter no lo aceptó.
—No me interesa. Eso no es suficiente.
Lali tragó saliva y respiró profundamente.
—¿Qué es lo que quieres?
—Además del aumento quiero... la mitad de tus acciones.
Lali palideció inmediatamente. No era de extrañar. La petición era escandalosa.
—No —respondió.
Peter dio un paso hacia ella. Estaba tan cerca que podía oler el aroma floral de la colonia que ella llevaba
—En ese caso —dijo—, no creo que tengamos nada de lo que hablar.
Los ojos de Lali se llenaron de fuego. Inmediatamente, tensó los labios.
—Estamos hablando de la empresa de mi padre. El siempre deseó que yo estuviera al mando.
—Y tal vez lo estés. Mientras tanto, yo seré el dueño de la mitad de tus acciones. Seremos socios.
—¿Socios?
Evidentemente, ella no quería perder la esperanza de que, algún día, pudiera recuperar el control de la empresa. Sin embargo, resultaba dificil sentir pena por tanta ingenuidad. Lali debería haber sabido que no podía desafiarlo. Peter se lo había advertido, por lo que ella era la única responsable de las consecuencias.
Sin embargo, aquella conversación lo estaba incomodando. Le habría resultado más fácil que Mariana se hubiera mostrado desafiante. Se dirigió hacia el ascensor y apretó el botón.
—Puedes tomarte tu tiempo para pensar sobre mi oferta, pero no pienso cambiar mis condiciones. Si quieres salvar la empresa de tu padre, me necesitas. Los dos sabemos que soy el único capaz de conseguirlo. Si no regreso, te garantizo que, por mucho que te esfuerces, Sabrina Velázco se hará con todo. Dividirá la empresa en trozos e irá vendiendo por partes todo lo que tu padre y yo tanto nos esforzamos por construir. El año próximo, Espósito S.L Enterprises no será nada más que un recuerdo del pasado. ¿Es eso lo que tu padre habría querido? He trabajado mucho para esta empresa, Mariana. Le he dado quince años de mi vida. No quiero verla destruida. Sin embargo, la decisión es tuya —concluyó, sabiendo que a ella no le quedaba más opción que aceptar sus términos.
—Aceptaré con una condición —dijo ella, después de dudarlo durante un instante.

viernes, 31 de agosto de 2012

Capítulo 7


—Tanto los vikingos como los druidas creían que el muérdago tenía poderes especiales. Que era capaz de realizar milagros.
—Has estado hablando otra vez con el señor Ruíz, ¿verdad? —dijo Lali. El señor Ruíz era el dueño de la tienda donde solían hacer la mayoría de sus compras. Era historiador aficionado, y cada vez que la tía de Lali iba de compras allí, regresaba con una historia—. Efectivamente, sería un milagro si yo tuviera alguien a quien besar estas navidades.
—Haz un deseo, y veamos si se hace realidad.
Lali se echó a reír por primera vez en aquel día.
—Deseo tener mi propia empresa, una empresa de éxito con empleados que sientan simpatía por mí.
—Ahora me toca a mí —dijo su tía. Tomó el muérdago entre las manos y cerró los ojos. Tras unos segundos, los volvió a abrir.
—Ya está.
—¿No me vas a decir lo que has deseado? —preguntó Lali.
—No. Ahora, ayúdame a decidir dónde vamos a colocarlo.
—¿Qué te parece en el armario?
—Vaya, qué optimismo por tu padre...
Lali sonrió. Le encantaba el entusiasmo de su tía. Normalmente, a la joven le encantaban las navidades, pero las de aquel año estaban resultando ser bastante difíciles. El estrés del trabajo estaba empezando a afectarla.
—¿Qué más hay en esa caja? —preguntó Lali, mientras trataba de leer las pequeñas letras que había escritas en un lado. Se acercó un poco más y por fin pudo leerlas: «Adornos de Navidad». De repente recordó que había prometido comprar un árbol de camino a casa—. Vaya, acabo de acordarme que íbamos a poner el árbol juntas esta noche...
—Ya lo haremos en otro momento.
—Lo siento, tía. Me siento fatal. Sé las ganas que tenías de poner el árbol...
—¡Por favor! Me importa un comino lo del árbol. Lo único que me importa eres tú. Me preocupas mucho, Lali. Eres joven y hermosa. No hay razón alguna para que no tengas a nadie a quien besar bajo el muérdago.
—Tal vez las próximas navidades...
No quería desilusionar a su tía, pero sabía que las posibilidades que tenía de tener novio en las navidades del año siguiente eran las mismas que las de tenerlas en las navidades que se acercaban: nulas. Por mucho que pudiera apetecerle tener a alguien especial, no parecía tener muchas posibilidades de ello. ¿Cómo podía tener una relación con alguien cuando, habitualmente, trabajaba trece horas al día durante seis o siete días a la semana?
—Me temo que estas navidades no —susurró. Entonces, con gesto distraído, tomó el muérdago y pensó una vez más en la situación de su empresa—. Estas navidades tendré suerte si puedo conservar Espósito S.L Enterprises.
—En ese caso —suspiró su tía—, ve a hacer lo que tengas que hacer. Enfréntate a ese Peter Lanzani en persona.
—¿Me estás diciendo que vaya a su apartamento?
No le agradaba la idea de ir a verlo a un sitio tan personal. Había estado en su casa una vez, hacía diez años, cuando su padre la envió para entregarle algunos archivos. Recordaba lo nerviosa que se había sentido, el modo en el que le latía el corazón cuando Peter abrió la puerta. El acababa de regresar de un viaje y tenía la camisa casi desabrochada. La barba de un día le añadía un peligroso encanto.
Aunque Peter era once años mayor que ella, Lali había fantaseado sobre el hecho de que Peter la invitara a pasar.
—Sé que eres joven —le decía en su imaginación—, pero estoy dispuesto a esperar.
Entonces, la tomaba entre sus brazos y la besaba de un modo que ella jamás habría podido olvidar.
Esto ocurría en el reino de la imaginación de una niña de dieciséis años. En la realidad, Peter casi no la había mirado. Se había limitado a tomar los archivos.
Mientras los examinaba, Lali escuchó la risa de una mujer. Al mirar hacia el interior del apartamento, vio que había una mujer en el sofá, ataviada con una larga bata de seda y con el cabello revuelto. Peter la obligó a dejar de mirarla cuando le firmó los papeles y se los entregó. Lali se marchó sintiendo envidia de aquella mujer. Le parecía que era la más afortunada del mundo.
—No sé si puedo presentarme allí de improviso...

jueves, 30 de agosto de 2012

Capítulo 6


Lali dejó el tenedor sobre la mesa.
—Oh, tía... Lo he estropeado todo...
—Tonterías. Yo jamás he estado más orgullosa de ti.
—¿Cómo puedes decir eso? Mira lo que he hecho. Si Sabrina se hace con la empresa, la destruirá. La venderá trozo a trozo.
—No me gusta verte así —dijo su tía—. No creo que tu padre se diera cuenta del peso que te echaba encima.
—No. Me dio una oportunidad maravillosa.
—¿Maravillosa? Mírate, Con veintiséis años tienes el peso del mundo sobre los hombros y el pan de más de mil familias dependiendo de tus decisiones. Es Navidad. Deberías estar celebrándolo con tus amigos. En vez de eso, estás en vela toda la noche preocupándote por esa empresa.
—Mi padre tenía mi edad cuando fundó Espósito S.L. Tenía las mismas responsabilidades.
—Tu padre ya estaba casado cuando tu madre y él compraron esa vieja posada. Además, hay otra gran diferencia. El decidió hacerlo. Era su sueño. Y el de tu madre.
—Y también es el mío.
—¿De verdad? Yo adoraba a tu padre, pero a veces me gustaría que siguiera entre nosotros para poder retorcerle el pescuezo. ¿Cómo pudo hacerte esto?
Habían hablado de aquel tema en tantas ocasiones...
—Tía...
—Lo único que sé es que no se lo pensó bien. Sé que no le gustaría ver que has dejado de lado tus sueños tan sólo para cumplir el suyo. Ningún padre desea eso para su hijo.
Lali sabía que su padre la había querido mucho. Nadie se había sentido más orgulloso que él de sus éxitos en el mundo del tenis. Sin embargo, todo había cambiado después de que hiciera pública la empresa. A partir de aquel momento, casi no lo había visto y, cuando lo veía, él estaba demasiado agotado para nada. Lali se había sorprendido mucho cuando la llamó al lado de su cama en el hospital y le pidió que recuperara la empresa. Sin embargo, ella adoraba a su padre, y habría hecho cualquier cosa para ayudarlo. Le había hecho una promesa que pensaba cumplir.
—A mí me gusta este negocio...
—Seamos sinceras —le dijo su tía—. Si no le hubieras prometido nada a tu padre, ¿estarías ahora preocupándote por el estado de la empresa?
Lali no lo sabía, pero no importaba. No le gustaba perder el tiempo pensando en lo que podría haber sido su vida si no hubiera sido distinto. En aquellos momentos, lo único que importaba era evitar que la empresa cayera en manos de Sabrina Velázco.
—Sé que quiero que esta empresa sobreviva más de lo que he deseado nunca nada.
—En ese caso, no me queda duda alguna de que tendrás éxito. Tuviste el valor de enfrentarte a Peter Lanzani, algo a lo que no se atreverían muchas personas. Tu padre lo hizo, y todos sabemos lo que le ocurrió —comentó su tía con una sonrisa—. Eres una chica muy decidida. Siempre lo has sido.
—Gracias, tía. No sé lo que haría sin ti.
La anciana se dirigió a la encimera de la cocina y tomó una caja de cartón.
—¿Qué es eso? —preguntó Lali.
—Es una pequeñez. Espero que sirva para alegrarte un poco.
Lali abrió la caja.
—¿Muérdago?
—Pensé que te ayudaría a disfrutar de estas fiestas.
—Gracias, tía, pero no creo que vaya a dar muchos besos estas navidades.

martes, 28 de agosto de 2012

Capítulo 5


Si Lali hubiera esperado que la transición a presidente de Espósito S.L Enterprises fuera sencilla, se habría sentido muy desilusionada. Sin embargo, había sido una deportista muy competitiva y, aunque estaba acostumbrada a llevar mucha ventaja en el marcador, sabía que no todos los partidos resultaban fáciles. Desde que empezó en Espósito S.L, se había sentido con desventaja en el marcador, pero, a pesar de estar en un agujero, sabía que, de algún modo, conseguiría salir adelante.
No obstante, menos de veinticuatro horas después de haber despedido a Peter Lanzani, estaba empezando a pensar que había subestimado a su oponente.
Aquella mañana, había llegado a su trabajo para descubrir que la empresa estaba bajo amenaza de una OPA (Operación Pública de Adquisición de Acciones) hostil por parte de Sabrina Velazco, heredera de la fortuna familiar de Kato Resorts. Sabrina era famosa por absorber conglomerados de empresas que luego dividía y vendía por partes. Si tenía éxito en su empeño por absorber Espósito S.L Enterprises, ésta desaparecería en cuestión de meses.
—Debes de estar agotada —le dijo su tía, cuando Lali llegó por fin a casa aquélla noche—. Llevas en el trabajo desde las cinco de la mañana, y me apuesto algo a que no has tomado nada decente para comer en todo el día —añadió, mientras se dirigía a la pequeña cocina.
El apartamento estaba situado en el último piso de un edificio de Almagro. Era muy sencillo, con dos dormitorios, salón y un pequeño comedor. Sin embargo, tenía un lujoso detalle: una chimenea antigua con revestimiento de mármol. A menudo, Lali regresaba a casa para encontrarse la cena sobre la mesa y un cálido fuego ardiendo en la chimenea. Aquella noche, aunque eran casi las diez, no fue diferente, aunque no había chimenea encendida por el tiempo em el que encontraban.
—¿Cómo no he podido verlo venir? —dijo, después de contarle a su tía la noticia.
—Esa mujer es muy astuta.
Aunque Sabrina había adquirido las acciones bajo los nombres de sus diversas empresas y jamás había utilizado su nombre, Lali no podía dejar de culparse por no haber sido más diligente. Después de todo, sabía que una OPA (Operación Pública de Adquisición de Acciones) era una amenaza muy común en periodos turbulentos.
—Lleva semanas adquiriendo acciones. Tendría que haber tenido más cuidado.
—Deja de atormentarte, Lali. Ya sabes lo que siempre decía tu padre. No se debe perder el tiempo en lo que se debería haber hecho. La pregunta es más bien qué puedes hacer ahora.
—El consejo quiere que vuelva a admitir a Peter.
Aunque la mayoría había votado para que Lanzani fuera despedido, las noticias sobre la OPA (Operación Pública de Adquisición de Acciones) habían hecho cambiar de opinión a los que apoyaban a Lali. Todos la responsabilizaban a ella y consideraban a Peter la única persona capaz de salvar la empresa.
—¿Y bien?
—He tratado de llamarle para hablar del tema, pero no me ha devuelto las llamadas. Deberías ver lo pagado de sí mismo que se mostró anoche. Qué arrogante. Estoy segura de que conocía lo de la absorción cuando lo despedí. Fue como... como si supiera que me vería rogarle que regresara.
—¿Significa eso que has decidido devolverle su trabajo?
—No sé lo que hacer. Preferiría ganar sola esta batalla. Podría ser una oportunidad no sólo para hacerme con la empresa, sino también con el respeto de todos los que trabajan en ella.
—Me parece una buena idea. Ahora, tómate la cena.
—Desgraciadamente —dijo Lali, después de tomar un bocado—, los contras son enormes. Tengo muchas posibilidades de perderlo todo. Estoy jugando no sólo con mi carrera, sino con el pan de todos los que trabajan en Espósito S.L. Si pierdo, muchas personas sufrirán las consecuencias...
—¿Crees que Peter es capaz de salvar la empresa?
—Tal vez. Cuenta con el respeto de la empresa y de la industria. Creo que sólo su presencia serviría para aplacar a los accionistas. Peter me ha ganado la partida. Conseguirá un nuevo contrato y podrá pedir mucho más dinero.
—Si lo vuelves a contratar...

Caoítulo 4


Los recuerdos que tenía de la hija de Homero Espósito cuando era sólo una niña resultaban algo vagos. La mujer en la que se había convertido era muy hermosa, con cabello oscuro largo y ondulado y unos brillantes ojos negros. Recordaba perfectamente el momento en el que volvió a verla después de tantos años. No sabía quién era, no pudo evitar sentir una inmediata atracción. Ella iba vestida con un conservador traje de color verde que le sentaba como un guante. La atracción se había evaporado cuando descubrió que aquella hermosa mujer no era otra que Mariana Espósito. Aunque no fuera la mujer más insufrible que hubiera conocido en toda su vida, jamás empezaría una relación con ella. No tenía intención alguna de tener una aventura con la accionista mayoritaria.
— ¿Quién se iba a imaginar que volvería para destruirnos a todos? —comentó Bea, sacudiendo la cabeza.
—No nos dejemos llevar. La lucha no ha terminado. De hecho, está empezando —dijo Peter con una sonrisa—. Ahora, ve a por tu maletín. Vamos a trasladar el centro de operaciones a mi apartamento durante un tiempo.
Cuando Bea se marchó, Peter empezó a recoger carpetas. Llevaba esperando aquel momento desde hacía bastante. Aunque había esperado que Mariana, por su bien, cambiara de opinión, no le sorprendía lo que acababa de ocurrir. Desde el primer día, ella había dejado muy claro que regresaba en busca de venganza. En aquella ocasión, Peter le había prestado poca atención. Sabía que Lali tenía intención de tratar de alcanzar el consejo de dirección, pero jamás pensó que sus miembros la votarían a ella y mucho menos que le entregarían la presidencia en bandeja de plata.
Después de todo, ¿cuáles eran sus méritos? Un título y un par de años de experiencia en una empresa rival. Sin embargo, a los miembros del consejo les había enternecido su causa. Mariana quería dirigir la empresa que sus difuntos padres habían fundado.
Desgraciadamente, todo el mundo pasaba por alto que hacía mucho tiempo que la empresa no le pertenecía a Homero Espósito. La sangre y el sudor de Peter la habían convertido en lo que era. Cuando empezó a trabajar por primera vez en Espósito S.L, ésta era una pequeña empresa que necesitaba un cambio. La mujer que amaba y con la que había pensado casarse acababa de morir, y Espósito S.L Enterprises le ofrecía la posibilidad de viajar por todo el mundo. Durante los primeros meses, se había limitado a trabajar como un autómata para escapar de su dolor. Cada vez que regresaba a Buenos Aires, se moría de ganas por volverse a marchar. Trabajaba veinticuatro horas al día. Un mes estaba en América del Norte, y al otro, en Asia.
Sin embargo, aquella paz recién encontrada le duró muy poco. Homero Espósito pronto hizo que la empresa cotizara en bolsa, y el nuevo consejo empezó a tener serias dudas de que no pudiera llevarla al siguiente nivel. Cuando se dirigieron a Peter para plantearle que se hiciera cargo, él mostró sus dudas. Sabía lo mucho que aquella empresa significaba para su jefe, pero, tal y como los miembros del consejo le recordaron, ellos ya habían tomado su decisión. Homero Espósito estaba fuera. Peter asumió la presidencia y todos los problemas que vinieron a continuación. Pagó un precio muy alto al tener que dedicar el cien por cien de su tiempo y sus energías en conseguir que la empresa fuera un éxito.
No le había importado. Desde Daniela, no había conocido a nadie que le hiciera desear cancelar una reunión en Singapur o la inauguración de un hotel en Río. Su familia se había acostumbrado a su ausencia. Sin embargo, si Mariana se salía con la suya, todo aquello cambiaría muy pronto.
A pesar de todo, no sentía enojo, sino pena. No le quedaba más remedio que enseñarle una lección que ella jamás había aprendido en la universidad.
Iba a destruirla al estilo de Peter Lanzani.

Capítulo 3


—Qué raro —comentó Bea, mientras entraba en el despacho—. Me pregunto lo que ha querido decir con eso.
Peter miró el montón de documentos que su secretaria llevaba en la mano.
— ¿Son ésos los datos que te he pedido?
La secretaria asintió y le entregó los papeles.
—Ella me ha dicho que no tengo que preocuparme a pesar de lo que te ha ocurrido. ¿Sabes a qué se refiere?
—Me acaba de despedir —respondió Peter, hojeando los documentos como si no hubiera ocurrido nada.
— ¿Cómo? —preguntó Bea, muy sorprendida—. Eso es imposible.
—Mariana ha decidido que está lista para hacerse cargo de Espósito S.L Enterprises.
—Eso es ridículo. Es demasiado joven.
—Tiene la misma edad que su padre cuando fundó esta empresa.
—Pero si la empresa eres tú. Si no fuera por ti, las acciones no valdrían nada.
—Creo que ella no se da cuenta de eso. Siente que esta empresa es suya por derecho. Era la empresa de su padre y, por lo tanto, le pertenece.
Bea se sentó, completamente atónita. Peter aprovechó el silencio para hojear rápidamente los documentos. Era un listado de todas las empresas que habían adquirido acciones de Espósito S.L Enterprises a lo largo de las dos últimas semanas. La mala gestión de Mariana había debilitado a la empresa y, por lo tanto, el valor de las acciones. Todo esto se unía a los rumores de las tensiones existentes entre Peter y la presidenta de Espósito S.L Enterprises. Los expertos del mundo empresarial sabían que la marcha de Peter convertiría a la empresa en un objetivo prioritario para una absorción y, por los datos que tenía ante él, ya había varios buitres ambiciosos engullendo ávidamente acciones.
Al repasar las empresas, le llamaron la atención los nombres de algunas de ellas. Todas eran empresas propiedad de una mujer con la que Peter había salido en una ocasión; Sabrina Velazco. Sabrina era dueña de varias empresas, todas las cuales tenían nombres diferentes. Sólo podía haber una razón para que estuviera comprando tantas acciones bajo nombres diferentes; no quería que nadie supiera lo que estaba tramando. Por lo que se podía deducir de aquellos datos, Sabrina estaba preparando una OPA (Operación Pública de Adquisición de Acciones) sobre Espósito S.L Enterprises.
No le cabía la menor duda de que Mariana había examinado aquellos mismos datos, buscando exactamente lo mismo que él. Sin embargo, no creía que ella se hubiera dado cuenta aún de lo que estaba ocurriendo.
— ¿Voy a ser yo la siguiente? —preguntó Bea, muy angustiada.
—Creía que te acababa de decir que no te preocuparas —replicó Peter.
— ¿Que no me preocupe? Tengo dos hijos en la universidad. Llevo más de treinta años trabajando aquí. Ni siquiera me imagino encontrando otro trabajo. Faltan dos semanas para la Navidad, y ella se pone a despedir a la gente. Eso no está bien. Vas a plantarle cara en esto, ¿verdad, Peter?
—Mariana Espósito no va a despedir a nadie más. Créeme si te digo que le ha costado mucho despedirme a mí.
Peter era un experto en leer los pensamientos de sus oponentes. Había notado la duda que había en la voz de Lali y había visto la ansiedad que se reflejaba en sus ojos. Al menos, tenía el suficiente sentido común como para tener miedo.
—Peter, ¿qué vas a hacer?
—Nada —replicó él tranquilamente—. Si la señorita Espósito quiere esta empresa, que se la quede.
—Creía que me habías dicho que no tenía nada de lo que preocuparme. Todos sabemos lo que va a ocurrir si ella se queda al mando. Las acciones no han dejado de caer en picado desde que ella es la presidenta de la compañía.
—Supongo que cree que todo volverá a su cauce cuando haya podido demostrar su valía.
—Para cuando se dé cuenta de lo que está haciendo, ya no quedará empresa. Pensar que la conozco desde que era una niña... Recuerdo que venía con su padre. El estaba muy orgulloso de ella. Lali era una magnífica jugadora de tenis, ¿te acuerdas?
—No.
—Ganó bastantes competiciones. Algunos de los partidos en los que jugó fueron retransmitidos por televisión. Todos creíamos que se iba a hacer profesional. Era una niña muy agradable, siempre muy educada y cortés. Tú le gustabas tanto por aquel entonces... No hacía más que merodear por la puerta de tu despacho. Seguro que te acuerdas de eso, ¿verdad?
—Creo que te equivocas, Bea.