jueves, 30 de agosto de 2012

Capítulo 6


Lali dejó el tenedor sobre la mesa.
—Oh, tía... Lo he estropeado todo...
—Tonterías. Yo jamás he estado más orgullosa de ti.
—¿Cómo puedes decir eso? Mira lo que he hecho. Si Sabrina se hace con la empresa, la destruirá. La venderá trozo a trozo.
—No me gusta verte así —dijo su tía—. No creo que tu padre se diera cuenta del peso que te echaba encima.
—No. Me dio una oportunidad maravillosa.
—¿Maravillosa? Mírate, Con veintiséis años tienes el peso del mundo sobre los hombros y el pan de más de mil familias dependiendo de tus decisiones. Es Navidad. Deberías estar celebrándolo con tus amigos. En vez de eso, estás en vela toda la noche preocupándote por esa empresa.
—Mi padre tenía mi edad cuando fundó Espósito S.L. Tenía las mismas responsabilidades.
—Tu padre ya estaba casado cuando tu madre y él compraron esa vieja posada. Además, hay otra gran diferencia. El decidió hacerlo. Era su sueño. Y el de tu madre.
—Y también es el mío.
—¿De verdad? Yo adoraba a tu padre, pero a veces me gustaría que siguiera entre nosotros para poder retorcerle el pescuezo. ¿Cómo pudo hacerte esto?
Habían hablado de aquel tema en tantas ocasiones...
—Tía...
—Lo único que sé es que no se lo pensó bien. Sé que no le gustaría ver que has dejado de lado tus sueños tan sólo para cumplir el suyo. Ningún padre desea eso para su hijo.
Lali sabía que su padre la había querido mucho. Nadie se había sentido más orgulloso que él de sus éxitos en el mundo del tenis. Sin embargo, todo había cambiado después de que hiciera pública la empresa. A partir de aquel momento, casi no lo había visto y, cuando lo veía, él estaba demasiado agotado para nada. Lali se había sorprendido mucho cuando la llamó al lado de su cama en el hospital y le pidió que recuperara la empresa. Sin embargo, ella adoraba a su padre, y habría hecho cualquier cosa para ayudarlo. Le había hecho una promesa que pensaba cumplir.
—A mí me gusta este negocio...
—Seamos sinceras —le dijo su tía—. Si no le hubieras prometido nada a tu padre, ¿estarías ahora preocupándote por el estado de la empresa?
Lali no lo sabía, pero no importaba. No le gustaba perder el tiempo pensando en lo que podría haber sido su vida si no hubiera sido distinto. En aquellos momentos, lo único que importaba era evitar que la empresa cayera en manos de Sabrina Velázco.
—Sé que quiero que esta empresa sobreviva más de lo que he deseado nunca nada.
—En ese caso, no me queda duda alguna de que tendrás éxito. Tuviste el valor de enfrentarte a Peter Lanzani, algo a lo que no se atreverían muchas personas. Tu padre lo hizo, y todos sabemos lo que le ocurrió —comentó su tía con una sonrisa—. Eres una chica muy decidida. Siempre lo has sido.
—Gracias, tía. No sé lo que haría sin ti.
La anciana se dirigió a la encimera de la cocina y tomó una caja de cartón.
—¿Qué es eso? —preguntó Lali.
—Es una pequeñez. Espero que sirva para alegrarte un poco.
Lali abrió la caja.
—¿Muérdago?
—Pensé que te ayudaría a disfrutar de estas fiestas.
—Gracias, tía, pero no creo que vaya a dar muchos besos estas navidades.

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